El trasatlántico Asturias, de la “Mala Real Inglesa”

El trasatlántico Asturias, de la “Mala Real Inglesa”

En un estante de mi biblioteca guardo varios tomos que contienen años completos de Nuevo Mundo, revista española ilustrada editada entre 1894 y 1933. Los volúmenes que poseo los encontré en una librería de viejo, y abarcan desde 1907 hasta 1912, a dos tomos por año.

Lástima que falte el que corresponde al primer semestre de 1912, pues en él hubiéramos podido ver de primera mano cómo recogió Nuevo Mundo la noticia del hundimiento del Titanic. Probablemente ese llamativo suceso fue lo que lo hizo desaparecer rápidamente de la librería.

A pesar de esa falta, estas revistas encuadernadas en tela roja de principios del siglo XX son una valiosa fuente de información para comprender cómo éramos hace más de cien años, y al ser una revista ilustrada, sus páginas están repletas de fotografías, grabados y evocadores anuncios que transportan al pasado.

Como decía, perdimos la oportunidad de ver en directo cómo el Titanic se hundía en las páginas de Nuevo Mundo, a pesar de ello, la revista recoge numerosas noticias relativas al mar. Sirva como ejemplo la botadura del lujoso trasatlántico Asturias, de la “Mala Real Inglesa”, recogida en el número 764, el 27 de agosto de 1908. A continuación, la transcripción integra de la noticia y las fotografías que acompañaban al reportaje.

“Con un nuevo vapor ha aumentado su hermosa flota la “Mala Real Inglesa”, cuyos buques, que visitan frecuentemente nuestros puertos, en escalas para la América del Sur, son continuamente utilizados por los viajeros españoles porque en ellos encuentran grandes comodidades y confort.

Este nuevo trasatlántico, recientemente construido, lleva el nombre de “Asturias” y es el más grande que posee dicha poderosa compañía y una nueva y portentosa muestra del desarrollo que esta sigue teniendo y que ha aumentado muchísimo en los tres últimos años.

Con efecto, en 1905 la “Mala Real Inglesa” botó al agua el vapor “Aragón” que llamó grandemente la atención por la suntuosidad de sus instalaciones. Pero en esos tres años, al “Aragón” han sucedido cuatro vapores más, verdaderos palacios flotantes donde el pasajero encuentra toda clase de comodidades apetecibles: el “Amazon”, el “Araguaya”, el “Avon”, y por último el “Asturias”, que es el mayor y el más suntuoso de todos, y que representa, puede decirse, la última palabra, en materia de grandes buques de pasaje.

Alcanza el “Asturias” un desplazamiento efectivo de 20.000 toneladas, y mide 117 metros de eslora, por 19 de manga y 11 de puntal; teniendo espacio amplio para transportar cómodamente 400 pasajeros de primera clase, 150 de segunda y 1.000 de tercera. Su andar oscila entre dieciséis y diecisiete millas por hora.

Dos de nuestros fotograbados representan instalaciones correspondientes al pasaje de tercera clase: un camarote y el comedor. Su simple aspecto basta para formarse una idea de lo que es en el “Asturias” el pasaje de la clase inferior, y para deducir de ella el lujo y el confort que debe reinar en la segunda y en la primera.

Esa instalación de tercera iguala y aun supera a la que en otros buques se llama de segunda: está provista de baños y hecha de acuerdo con todas las reglas de la higiene; y en armonía con la instalación está el trato que a los pasajeros se da, a pesar de lo económico del precio.

Esta condición del nuevo trasatlántico de hermanar la comodidad y decoro con la economía para que los viajeros de la última clase disfruten, con la pobreza de sus recursos, de un trato digno a que, por ser personas tienen derecho, nos parece el motivo más grande de elogio para la “Mala Real inglesa”, porque constituye un progreso grandísimo y marca con notable relieve la línea que debe separar el comercio de las cosas del de las personas.

No es, por desgracia, leyenda, sino triste verdad el hecho de que muchas compañías navieras explotan en condiciones inhumanas la corriente de la emigración europea hacia la América del Sur, llevando en las bodegas de sus buques, pésimamente acondicionados y como recuas de animales más que como personas, a los infelices pasajeros de tercera. Tales anomalías tienden a desaparecer por la ventajosa proporción que se ofrece para cruzar el Atlántico en los buques de la “Mala Real Inglesa”, ejemplo que bien pudieran imitar las demás compañías que no se hallen en semejantes condiciones.

El “Asturias” es el primer barco, de los que constituyen la Conferencia de Pasajes, que, después del último convenio celebrado recientemente en París, ha despachado billetes de tercera clase a 100 pesetas para la América del Sur.

En cuanto a las instalaciones de segunda y primera, baste decir que satisfacen todo el confort  de la vida moderna: sus comedores, grandiosos y elegantes, sus salones de lectura, de fumar, de música, etc., son acabados modelos de arte decorativo; y el servicio responde a todas las exigencias de la vida más refinada.

Un departamento especial para niños, permite que, sin molestias para el resto del pasaje, puedan los pequeños entregarse tranquila y alegremente a los juegos y entretenimientos propios de la edad.

Para mayor comodidad de los pasajeros de cámara, además de las escaleras, que son de roble artísticamente tallado, existe un ascensor interior, mediante el cual se comunican las cubiertas de todos los pisos.”

Dejando a un lado la publicación, seguimos el rumbo del Asturias en el tiempo y descubrimos que al estallar la Gran Guerra fue equipado con dos cañones de 120 mm y transformado en hospital flotante en el mediterráneo.

Durante el conflicto dos torpedos lo alcanzaron en distintos momentos, a pesar de estar pintado de blanco y con unas grandes cruces visibles desde un periscopio. La suerte quiso que el primero de ellos no explotara. El segundo, en 1917, causó grandes destrozos en su estructura, pero el capitán logró salvarlo encallándolo en la costa.

Rebautizado con el nombre de Arcadian, volvió a navegar en 1922, ya terminada la guerra. En 1925 cogió el testigo un nuevo y flamante RMS Asturias, de mayor eslora y tonelaje. El primero terminó sus días en 1933, al ser vendido como chatarra a una empresa japonesa.